Como se habrá dado cuenta, la temporada de invierno ha vuelto y los días de lluvia ahora serán parte de nuestras vidas. Al igual que usted, salir en un día como el de hoy me genera una sensación de pereza. Créame que me hubiera gustado quedarme en la casa, arropada con mi cobija, mirando televisión o leyendo. Pero ambos sabemos que es lunes, que tenemos que desplazarnos por la ciudad para llegar a tiempo, bien sea a nuestro lugar de trabajo o de estudio y que quedarnos en la casa no es una posibilidad (a menos que usted trabaje en la empresa de su familia o que le importen cero sus clases).
No crea que yo salgo a caminar por ahí en un día de lluvia porque me encante. Si lo hago es porque me toca y créame que en esta ciudad, es toda una aventura.
En primer lugar nos toca aguantarnos el aire pesado de los buses porque nadie quiere abrir una ventana aunque sea para refrescar el ambiente. Tenemos que ir apretados unos con otros, desempañando ventanas, soportando el olor del perfume de la señora del frente que se gastó todo el frasco en la mañana. Aparte de eso, tenemos que andar siempre con el paraguas en la mano: abriéndolo, cerrándolo, escurriéndolo, mojándonos cuando lo escurrimos. En tercer lugar, corremos el riesgo de perder un ojo por la señora que va con un paraguas y que se cree única en el mundo con él. Después hay que luchar en los andenes (sobretodo los del centro) con aquellos que hacen visita o que caminan más lento que una tortuga. Muchas veces, toca salirse y arriesgarse a recibir en la cara un par de gotas que provienen de las carpas de las cafeterías y chuzos de frutas.
Y por último -y aquí es donde usted interviene- hay que tener cuidado de no hacerse a menos de 1 metro de cualquier charco porque personajes como usted pasan campantes en sus carros, secos, ilesos y no se percatan de que hay peatones y nos mojan.
Por favor señor conductor, me alegra de corazón que usted posea un carro, que no se moje, que sus distancias se vean acortadas por la velocidad que le proporciona el automóvil, pero por favor entienda que no todos tenemos esa capacidad monetaria para adquirir uno y que a nosotros nos toca movilizarnos por medios de transporte público o con nuestros pies.
Considere… Usted alguna vez fue como yo: un peatón que lo único que quiere es llegar a su destino.
Cuando pase por un charco, trate de hacerlo suavecito, despacio y fijándose si está perjudicando a alguien que de pronto esté llendo a una reunión de trabajo. Piense que al igual que usted, esa persona gastó tiempo para escoger la pinta, para arreglarse y verse bien; que después de sobrevivir a toda esa aventura desde que sale de su casa, lo último que quiere -como usted- es estar mojado por el resto del día.