Pensé que había terminado, que con esa despedida ya había concluido y sacado todo lo que sentía. Pero resulta que todavía tengo residuos de ira caminando por mi cabeza. Que quede claro que esto no lo hago por vos, sino por el desconcierto que me generaste, ese que se fue transformando en decepción y en una especie de antipatía vulgar y desganada. Qué coincidencia tan amarga! Ahora puesto en palabras, es la misma metamorfosis que sufriste vos después de estar algunas horas a mi lado. Y no sé porqué me sorprendió darme cuenta de que no estabas hecho del mismo material que el mío, si ya otros como vos han pasado por estos caminos… Otros que fueron mejores en muchas otras cosas. Pero no, sigo repasando una y otra vez los momentos en que me dejaste sin aliento y no propiamente porque éstos fueran buenos. Debería dejarte seguir de largo sin hacer este alto pero repito, los resabios del coraje que te tengo me hacen querer escribir esto sin un propósito más que el de irme de vos sin tener que hablarte o verte más la cara. Si acaso crees que esto es duro para mí, no te equivoques porque al fin y al cabo, no eres sino la evidencia por la cual yo sigo siendo lo que soy.
Después de analizarlo, pienso que lo que te terminó acobardando no fue conocer a mis padres y amigos, ni conocer mi faceta de confidente, tampoco que te hubiera tratado como alguien a quien conocía de toda mi vida o que te demostrara la importancia que en algún momento pudiste tener para mí. Lo que realmente te asustó es que no di mi brazo a torcer en ningún instante, que todas esas conversaciones llevaron a sus hechos, que fui consecuente con cada una de las palabras que te dije y que tengo los pantalones muy bien puestos incluso cuando estoy en la cama.
Nunca se te pasó por tu confundida cabeza que las diversiones y los "raticos" también se pueden tomar en serio y sin pretensiones de compromiso. Nunca llegaste a pensar que el metro y medio de persona que tenías al frente iba a resultar siendo mucho más completa, más directa, más segura que cualquier otra. Jamás imaginaste que no ando con rodeos y que lo que digo, por lo general lo llevo a cabo.
Te di la bienvenida y te abrí las puertas de mi valioso tiempo, de mi mundo y de mi casa tan fácil porque pensé que estábamos jugando a lo mismo pero creíste que yo era una de esas mujeres desechables, que los hombres botan después de que se limpian las preocupaciones con ellas y eso me hizo terminar de hacer, también así de fácil, lo que vos, con tu actitud adolescente, empezaste: cerrarlas y dejarte siendo parte inexistente de mi universo.
Por un instante lograste dejarme desarmada y sin las palabras que un poco antes fueron necesarias para montar toda esta función circense en donde el payaso terminaste siendo vos.
Lo siento, pero por vos oorque en cuanto saque todos estos vestigios de enojo de mi cuerpo, esta historia no será sino una simple anécdota que le contaré a mis amigos en una noche de tragos cuando el alcohol empiece a hacer su efecto en mí. Después entrarás a ser parte de esos "otros" que pasaron por aquí dejando desencantos y recuerdos borrosos mientras yo sigo con mi vida como si nada hubiera pasado y riéndome de mi inocencia al creer en tus palabras que, al final, resultaron siendo un buen disfraz para la seguridad que te hace falta y la insuficiencia de pantalones que tenés.
No me vas a hacer falta, no voy a derramar lágrimas y tampoco vas a ser la causa de canciones fatalistas y corta-venas dedicadas. No te lo mereces y tampoco me provoca… Ni siquiera te mereces esta cantidad de palabras o esta inversión de tiempo pero como ya te dije, estoy escribiendo para poder quitarme la histeria que tengo ahora que sé que estás hecho de palabras y actos pusilánimes.
Con este último suspiro termino y recuerdo entonces el dicho popular que dice que lo bueno no dura… pero sabes qué? Ni llegó a ser bueno y para lo que fue, duró mucho.